Cuando pensamos en aventuras y exploraciones tendemos a resaltar únicamente las hazañas humanas, a los grandes héroes del pasado que con enormes sacrificios lograron lo que incluso pocas personas de la época se hubieran siquiera atrevido a soñar.
Marco Polo, Ibn Battuta, Cristóbal Colón, Vasco da Gama y Fernando Magallanes vienen a la mente, y sin embargo estos son representativos de solo una pequeña parte de la historia de la humanidad.
Muchas otras empresas humanas a lo largo de la historia como las rutas comerciales de caballos y té entre China y Tíbet; los riquísimos pochtecas, comerciantes de larga distancia del imperio mexica; los grandes navegantes de la Polinesia; y muchos otros héroes sin nombre que aquí no alcanzamos a mencionar se han atrevido a cruzar las puertas de las tinieblas hacia lo desconocido.

Dejando a un lado nuestro antropocentrismo, observaremos a nuestro alrededor a las también protagonistas de innumerables hazañas históricas: las plantas.
Para ilustrar esto, tomemos como ejemplo el caso de la batata o camote (Ipomoea batatas), una planta nativa de Suramérica que se cultiva aquí desde por lo menos el 2.000 a.C. y que se cree que llegó a Polinesia antes que esta fuera habitada por humanos. Contrario a la creencia de que fuera transportada en canoas por indígenas suramericanos, la raíz tuberosa de la batata tiene la capacidad de realizar el viaje por mar, retener su capacidad de germinación y crecer en tierras insulares distantes. Caso parecido a la palma cocotera y su fruto, el coco, otro conquistador de los mares.
Uno de los puntos de encuentro más fascinantes y poco conocidos entre plantas y humanos es el que concierne a lo registrado en la Carta del descubrimiento de Brasil por el escribano Pero Vaz de Caminha dirigida al rey de Portugal Manuel I en el año 1500.

En esta carta se cuenta la llegada inesperada de la misión portuguesa con destino a la India a unas tierras paradisíacas pobladas por seres esbeltos, aseados y hermosos decorados con plumas y perforaciones, rodeados de grandes papagayos y un clima de ensueño: la tierra del pau brasil. Todo el relato parece dominado por la estupefacción de los portugueses.
Uno de los testimonios más sugerentes de la narración es la descripción de una de las plantas más sagradas e importantes del territorio hasta la actualidad, la semilla de la Bixa orellana o el achiote:
“Algunos tenían unos erizos verdes de árboles que por el color parecían de castaño, aunque eran más pequeños y estaban llenos de unos granos rojos pequeños que chafándolos con los dedos hacían una pintura muy roja de la que ellos andaban pintados, y cuanto más se la untaban, más rojos quedaban.”

Esta es una especia que en tiempos prehispánicos se utilizaba en toda la América tropical como colorante y saborizante de alimentos y bebidas; como se expone en la Carta, para decorar simbólicamente la piel en rituales y en la vida diaria como repelente de mosquitos y bloqueador solar; como tinte para cerámicas y textiles; y como medicina por sus múltiples propiedades como antiinflamatorio y antioxidante.



